Contra el catarro, heroína. Miguel Ángel López Roldán

El abogado Miguel Ángel López Roldán, colaborador habitual de Influyentes Cantabria, inicia este agosto una serie muy poco jurídica… y mucho más libre, irónica y curiosa. En estos artículos, aborda episodios históricos sorprendentes relacionados con empresas, profesiones y decisiones que cambiaron el rumbo de las cosas —a veces para bien, otras no tanto—.

En esta primera entrega, descubrimos cómo Bayer comercializó heroína como jarabe para la tos (y para niños),

Con estilo afilado y mirada irreverente, López Roldán demuestra que el conocimiento también puede abordarse con ligereza y que algunas de las historias más fascinantes se esconden fuera del ámbito jurídico… aunque no tan lejos de la condición humana.


La historia de los medicamentos está plagada de éxitos y de fracasos. Si eres el enfermo, y los dados te son propicios, sanarás. Pero en caso contrario… En una época no tan lejana, cuando un cigarro después de comer era parte de una vida saludable, una prestigiosa farmacéutica alemana lanzó al mercado un jarabe para la tos que haría historia. Aparentemente era prodigioso, pero podía dejarte enganchado para siempre.

Retrocedamos en el tiempo. Estamos en el año 1898. El laboratorio Bayer, sí, el de la aspirina, buscaba nuevas soluciones para enfermedades respiratorias. Así es como uno de sus químicos, Heinrich Dreser, decide experimentar con la diacetilmorfina, una sustancia derivada de la morfina, pero supuestamente menos adictiva y más potente

Bayer registró la nueva sustancia bajo el nombre comercial de “Heroin”, porque, según cuentan, los primeros empleados que la probaron dijeron sentirse heroicos. El jarabe prometía calmar la tos, aliviar dolores de garganta, combatir la tuberculosis e incluso ayudar a los niños con problemas respiratorios. Sí, también se vendía para niños. Para Bayer era un “excelente sustituto de la codeína”.

Y es que la publicidad de la época parecía más bien sacada de un panfleto mágico. “No produce adicción”, “Más eficaz que la morfina”, “Ideal para todo tipo de toses”. Las botellas decoradas con etiquetas elegantes ofrecían confianza, profesionalidad y un leve aire de superioridad científica, porque lo mejor —o lo peor, según se mire— es que funcionaba. El paciente dejaba de toser. Claro que también dejaba de preocuparse por todo lo demás: el dolor, las responsabilidades, el sentido del tiempo, la necesidad de dormir… Pequeños efectos secundarios. El “milagroso elixir” se convirtió en un éxito internacional, recetado por médicos y aceptado sin cuestionamientos. Supongo que los que lo cuestionaran serían tachados de negacionistas y “antijarabes”.

Pero pronto comenzó a ser demasiado evidente que los pacientes se “impacientaban”: síntomas de dependencia, crisis de abstinencia, tolerancia creciente… vaya, lo que hoy asociamos automáticamente con la palabra heroína.

La prensa y los médicos empezaron a levantar la ceja. Algunos pacientes no podían dejar de tomarlo. Otros buscaban dosis cada vez más altas. La comunidad médica pasó de aplaudir su eficacia a preguntarse si no se les había ido un poco de las manos y en 1924, tras varias décadas de uso descontrolado, Estados Unidos prohibió la heroína para uso médico y recreativo, pasando a venderse en el mercado negro.

Mientras tanto, Bayer, que en su momento presumía con orgullo de su descubrimiento, acabó quitando discretamente el producto de sus catálogos. Hoy en día, prefiere que la relacionemos con la aspirina, intentando dejar en el olvido esta historia que algún impertinente se empeña en recordar cada cierto tiempo.

Pero los archivos históricos no perdonan. En museos de historia de la medicina aún se conservan botellas originales del “Heroin Bayer”, y las publicaciones médicas de la época nos recuerdan cómo la industria farmacéutica de entonces podía actuar como un cruce entre alquimistas optimistas y publicistas sin escrúpulos.

El caso del jarabe de heroína de Bayer es un testimonio de cómo la búsqueda de remedios rápidos y eficaces puede cruzar la delgada línea entre la medicina y la locura. También muestra lo fácil que es lanzar un producto al mercado sin tener del todo claras sus consecuencias a largo plazo. Algo que, para ser honestos, sigue pasando en algunos rincones de la industria farmacéutica. Y es que, a veces, la solución más rápida es también la más peligrosa. Porque si algo nos enseñó el siglo XX es que un frasco bonito no garantiza una cura… y que lo que hoy se anuncia como milagroso, mañana podría ser el próximo gran escándalo médico.

 

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