Finca Ecológica La Garita nació en 2009 para aprovechar una tierra familiar en la que buena parte de la fruta acababa perdiéndose. Casi 17 años después, Eva Sañudo ha consolidado en Santillana del Mar un proyecto basado en la producción ecológica, la conservación de semillas tradicionales y la venta de proximidad, convencida de que mirar al futuro no exige renunciar a lo aprendido durante generaciones.
Hubo un momento en que Eva Sañudo empezó a mirar de otra manera los árboles frutales de la casa familiar. Las peras, las ciruelas y otras frutas maduraban cada temporada, se recogía una pequeña parte para el consumo doméstico y el resto terminaba muchas veces en el suelo. Aquella escena, repetida año tras año, acabó planteándole una pregunta sencilla: por qué dejar perder un producto de tanta calidad cuando podía convertirse en el punto de partida de algo nuevo.
Corría el año 2009 y Sañudo ya no vivía allí. Había estudiado Periodismo, residía cerca de Santander y trabajaba en UGAM-COAG, la organización agraria en la que continúa desarrollando su actividad profesional. Sin embargo, el campo nunca había quedado completamente atrás. Sus padres habían sido ganaderos, ella se había criado en ese entorno y, aunque su trayectoria laboral había seguido otro camino, el contacto diario con el sector agrario mantenía vivo un vínculo que terminó llevándola de nuevo a la finca.
“Me picaba el gusanillo del campo porque lo vivía también en mi oficina”, recuerda. A esa inquietud se sumó la evidencia de que la tierra familiar tenía capacidad para producir mucho más de lo que se estaba aprovechando. La decisión llegó casi de forma natural: si había que sacar rendimiento a aquellos productos, sería mediante una producción ecológica que respetara tanto su calidad como la forma en que ella entendía la agricultura.
“No lo veía de otra manera que no fuera en ecológico, porque era como darle su máximo valor”, explica.
Así comenzó Finca Ecológica La Garita, en Santillana del Mar, con una pequeña superficie que pronto tuvo que ampliar para iniciar el proceso de certificación. Sañudo contactó con ODECA, la Oficina de Calidad Alimentaria de Cantabria, y comenzó un periodo de conversión que culminó con la obtención del sello ecológico. Después llegaron los primeros mercados, primero en Maliaño y más tarde en Torrelavega, y con ellos una clientela que fue creciendo poco a poco alrededor de una oferta basada en frutas, verduras y otros productos obtenidos mediante métodos de producción ecológica.
Con el paso de los años, aquella iniciativa surgida para evitar que la fruta terminara pudriéndose se convirtió en un proyecto con una filosofía mucho más amplia. Buena parte de los cultivos de La Garita procede de semillas propias, algunas conservadas durante años por los abuelos de Eva Sañudo y otras incorporadas gracias a personas del entorno que también habían mantenido vivas variedades tradicionales. La finca se ocupa de todo el proceso, desde la preparación de los semilleros hasta la recolección de nuevas semillas que servirán para volver a plantar la temporada siguiente.
Ese trabajo de conservación tiene para Sañudo una dimensión que va más allá de la mera producción. Preservar una semilla significa mantener una variedad adaptada al territorio, pero también conservar sabores, texturas y características que pueden desaparecer cuando la agricultura se orienta únicamente hacia criterios de rendimiento o uniformidad comercial. En La Garita, esa continuidad entre generaciones forma parte del propio modelo de explotación.
Certificación ecológica
La misma lógica se aplica a la fertilización de los cultivos, para la que utilizan abono compostado procedente de los pollos y restos orgánicos de la propia finca. El objetivo es cerrar en la medida de lo posible los ciclos de producción, aprovechar los recursos disponibles y reducir la dependencia de elementos externos, una filosofía que se completa con la apuesta por los alimentos de cercanía y por variedades que respondan bien a las condiciones del terreno.
En ese contexto, la certificación ecológica cumple una función que Sañudo considera esencial. No se trata únicamente de que el productor afirme que trabaja de una determinada manera, sino de que existe un sistema externo que verifica periódicamente el cumplimiento de unos requisitos.
“El certificado te está diciendo de verdad que estás respetando unas normas y que hay una persona del Consejo Regulador que viene todos los años a corroborarlo”, señala.
Para ella, sin embargo, el sello no sustituye a la responsabilidad individual. La base continúa siendo la propia conciencia del productor, la manera en que decide trabajar cuando nadie está mirando y el compromiso que mantiene con el consumidor. Aun así, reconoce que la certificación resulta imprescindible para acceder a determinados clientes, tiendas o grupos de consumo que exigen garantías verificables sobre el origen y el método de producción de los alimentos.
También existe una cuestión económica. La producción ecológica requiere más trabajo, más seguimiento y, en determinados cultivos, una mayor intervención manual que la agricultura convencional. Ese esfuerzo explica que una parte de los consumidores esté dispuesta a pagar algo más por productos obtenidos bajo ese sistema.
“Producir en ecológico es mucho más costoso y más laborioso que el convencional”, resume Sañudo.
La paradoja es que, en una explotación que reivindica semillas heredadas y formas de cultivo tradicionales, la tecnología también empieza a ocupar su espacio. La Garita no entiende la innovación como una sustitución de aquello que funciona, sino como una herramienta capaz de reducir tareas repetitivas, mejorar el manejo de los animales o aliviar parte de la carga física que implica el trabajo agrícola.
En la explotación avícola, por ejemplo, ya utilizan puertas automáticas que se abren y cierran sin intervención manual. Son pequeñas mejoras que, sin alterar la forma de producción, facilitan considerablemente el trabajo diario. Sañudo no tiene dudas cuando imagina qué otras tecnologías estaría dispuesta a incorporar.
“Si hubiera un robot que nos quitara la hierba, sería la primera en comprarlo”, bromea.
Su posición resume bien la relación de La Garita con la innovación: conservar la esencia no significa rechazar los avances técnicos. La tecnología tiene cabida siempre que sirva para trabajar mejor y no obligue a renunciar a los principios sobre los que se ha construido el proyecto.
Donde sí podrían producirse cambios más profundos es en los cultivos, y no necesariamente por decisión propia. Las nuevas condiciones climáticas están modificando temperaturas, ciclos de lluvia y comportamiento de determinadas especies, hasta el punto de que producciones que hace unos años habrían parecido improbables en Cantabria empiezan a entrar en la conversación.
“Quién sabe. Igual dentro de diez años estamos plantando mangos y plátanos aquí”, apunta Sañudo.
La frase tiene algo de provocación, pero también refleja una incertidumbre real. La finca defiende que cada cultivo debe estar adaptado al territorio, aunque esa adaptación ya no puede entenderse como una realidad inmutable. Si el clima cambia, también puede hacerlo la agricultura, y La Garita no descarta incorporar nuevas variedades siempre que respondan bien a las condiciones de la zona y encajen con su modelo productivo.
En ese recorrido, la vinculación con ODECA y con Sabe a Norte, la marca que identifica productos agroalimentarios diferenciados de Cantabria, aporta a la explotación una garantía reconocible para el consumidor y abre canales de comercialización que serían más difíciles de alcanzar sin ese respaldo.
“Nos da una garantía y un nicho de venta que de otra forma no tendríamos”, explica Sañudo, que insiste en que la certificación no sustituye al compromiso personal, pero sí permite acreditar ante terceros una forma concreta de producir.
Casi 17 años después de aquel primer impulso, Finca Ecológica La Garita continúa creciendo sobre una idea que apenas ha cambiado desde 2009: aprovechar lo que ofrece la tierra sin forzarla, preservar variedades que han llegado hasta hoy gracias al cuidado de generaciones anteriores y producir alimentos cercanos con métodos que puedan sostenerse en el tiempo.
Eva Sañudo no parece especialmente interesada en transformar ese modelo por el simple hecho de innovar. Prefiere mejorarlo allí donde sea necesario, incorporar tecnología cuando realmente facilite el trabajo y adaptarse a los cambios que puedan venir, incluido un clima que empieza a alterar algunas certezas del campo.
Porque, en La Garita, avanzar no consiste tanto en dejar atrás lo antiguo como en decidir qué merece seguir formando parte del futuro.
Esta versión tiene bastante más tono de reportaje de periódico y menos de artículo corporativo o de web institucional.







