Nuestro protagonista de hoy fue el médico personal del Papa Pío XII y, aunque normalmente los galenos papales son desconocidos para el gran público y no pasan a la historia él lo consiguió por (de)méritos propios al embalsamar al Papa tras su fallecimiento.
Riccardo Galeazzi-Lisi no era precisamente discreto, sino más bien todo lo contrario. Era oftalmólogo y fue nombrado médico personal del Papa Pío XII desde 1939. Supo aprovechar el cargo no solo para recetar analgésicos, sino también para convertirse en un “médico estrella”. Daba entrevistas a la prensa hablando del estado de salud del Papa, mostrando imágenes y presumiendo de estar en el “círculo íntimo” del Santo Padre.

En lugar de usar técnicas tradicionales y probadas durante siglos, Galeazzi-Lisi decidió innovar. Inspirado, según él, en métodos de embalsamamiento del Antiguo Egipto, diseñó una técnica “natural” basada en hierbas aromáticas, vendajes empapados en bálsamos, hielo seco y una cámara hermética. Pero no funcionó; en absoluto.
El cuerpo del Papa, expuesto al público en la Basílica de San Pedro, empezó a descomponerse de forma alarmante a las pocas horas. Primero vino la coloración oscura de la piel. Luego, la hinchazón. El hedor se volvió insoportable. Los testigos describieron cómo el cuerpo comenzó a inflarse, las extremidades se tensaron y, finalmente, el cadáver literalmente reventó por la acumulación de gases.
Mientras el Vaticano intentaba disimular la tragedia embalsamatoria con ventiladores, incienso y velas aromáticas, Galeazzi-Lisi seguía haciendo lo que mejor sabía: hablar con la prensa. Vendió fotos del lecho de muerte del Papa a revistas europeas y filtró detalles privados de los últimos días del Pontífice. Una falta de decoro que dejó boquiabierta a toda la Curia romana, lo cual no es fácil a la vista de siglos de cónclaves, guerras y traiciones.
El escándalo fue tan monumental que el Vaticano lo expulsó de su puesto, lo desacreditó públicamente y se aseguró de que su nombre quedara grabado en la historia, no por su medicina, sino por su desastroso “protocolo egipcio”. El Collegio Medico Vaticano lo sancionó por violar la ética profesional, aunque no le pudo excomulgar porque la incompetencia médica no es pecado mortal.








