Los semiconductores son como el corazón de la tecnología. No se ven, no hacen ruido y nadie habla de ellos en una comida familiar, pero sin ellos no funcionan ni el microondas ni la IA. Lo que hacen es muy simple de explicar: ayudan a que los aparatos piensen y tomen decisiones. Su fabricación requiere tecnología, fábricas ultralimpias, ingenieros superespecializados y materiales raros. Ahora mismo, la mayoría viene de Asia pero ¿qué pasa si hay un conflicto que lleve a un corte de suministro? La respuesta es un riesgo real de una desindustrialización. Un informe de la Fundación Cotec lanza el aviso (y también el salvavidas): o nos posicionamos ya en la cadena de valor de los semiconductores, o quedamos fuera del mapa tecnológico global.
Los chips están en todas partes. En tu móvil, en tu coche, en los satélites, en los sensores de una operación médica. No es casualidad que en 2021 fueran el cuarto producto más comercializado del planeta. Y que en 2024 el mercado global haya alcanzado los 627.000 millones de dólares, creciendo un 19 % respecto al año anterior. Y esto es solo el principio: consultoras como McKinsey apuntan a un sector que superará el billón de dólares antes de 2035.
¿Dónde queda España en esta película? Mal posicionada si hablamos de fabricación, pero con potencial en diseño, encapsulado y tecnologías emergentes como la fotónica, chips sobre arquitecturas abiertas (RISC-V), semiconductores compuestos (GaN, SiC), o incluso reciclaje electrónico. El país también cuenta con fortalezas en testeo y back-end, áreas que aún tienen mucha demanda en nodos maduros.
Pero las alarmas están sonando. La crisis de chips entre 2020 y 2022 dejó la economía temblando. Solo en la industria del automóvil, España perdió un 7,5 % de producción por falta de semiconductores. A nivel global, se dejaron de fabricar 7,7 millones de vehículos y se perdieron más de 210.000 millones de dólares.
Fue una bofetada de realidad en la que descubrimos que España consume, pero no produce. Y esa ecuación, en un contexto geopolítico volátil, es una amenaza directa a nuestra competitividad industrial.
Hasta hace poco, cualquier inversión extranjera en un sector puntero era recibida con aplausos y corte de cinta. Hoy, no tanto. Europa se ha dado cuenta de que abrir la puerta sin preguntar quién entra puede dejarte sin casa. Por eso, en 2025, todos los países de la UE estarán obligados a revisar con lupa quién compra qué en sectores clave. Y sí, España también.
¿El objetivo? Evitar que potencias externas —y no siempre auténticas amigas— tomen posiciones de control en industrias que no solo generan dinero, sino que marcan el poder geopolítico. Porque controlar los chips no es solo hacer móviles más rápidos, es decidir quién tiene el mando cuando hay un apagón digital, una guerra comercial o una pandemia.
¿Y qué estamos haciendo?
El PERTE Chip, con 12.250 millones de euros sobre la mesa, debería ser la respuesta. Pero va con freno de mano: los fondos se ejecutan a paso lento y las barreras administrativas no ayudan. El informe de Cotec no se anda con rodeos: las ayudas y subvenciones son condición necesaria, pero no suficiente. Hace falta estrategia, ejecución, agilidad y visión a largo plazo.
El análisis detecta barreras serias en el ecosistema español: falta de masa crítica, fragmentación institucional, lentitud administrativa, escasez de perfiles técnicos y una ausencia preocupante de estrategia ejecutiva.
Pero no todo es diagnóstico. El informe pone sobre la mesa 75 propuestas concretas, agrupadas en nueve grandes bloques.
Un nuevo contrato industrial para España
La propuesta de Cotec no se limita a señalar el problema. El informe formula 75 propuestas concretas, organizadas en nueve ejes estratégicos. Entre las medidas clave:
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Gobernanza efectiva: se propone crear una Alianza Nacional de Semiconductores y una Conferencia Sectorial, con coordinación interministerial y participación activa de comunidades autónomas y municipios.
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Capacidades industriales: impulsar el diseño, ensamblaje y testeo desde España, apoyando tecnologías emergentes como la fotónica o chips de bajo consumo.
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I+D y transferencia: fortalecer la conexión entre ciencia e industria, crear centros de excelencia, financiar misiones orientadas y fomentar la propiedad intelectual.
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Start-ups y escalado: apoyar el emprendimiento deep-tech, facilitar el acceso a capital y fomentar la compra pública de innovación.
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Talento y formación: lanzar un Plan Nacional de Formación en Microelectrónica, con FP dual, másteres interuniversitarios, doctorado industrial y Cátedras Chip. Se contempla también facilitar visados y el retorno de talento desde el extranjero.
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Sostenibilidad: apostar por la economía circular, la minería verde y el diseño ecológico de chips como ventaja competitiva en Europa.
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Fiscalidad e inversión: rediseñar los incentivos a la I+D, hacerlos más competitivos y atraer inversión extranjera directa.
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Autonomía estratégica: integrar defensa y seguridad en la política industrial, participar en consorcios europeos como el EDF o el IPCEI.
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Desarrollo territorial: crear oficinas regionales de atracción de inversión, clústeres autonómicos y salas blancas compartidas.
Conclusión: hora de mover ficha
Cotec demuestra que también hay margen para revertir esa tendencia. Con visión a largo plazo, inversión estratégica y colaboración entre administraciones, universidades y empresas, España puede convertirse en un hub tecnológico europeo.
El reloj corre. La industria del silicio no espera. España tiene ahora la oportunidad –y la responsabilidad– de asegurar su futuro industrial. Porque sin chips, no hay transformación digital, ni autonomía tecnológica, ni economía verde. Y, sobre todo, no hay soberanía.







