El 77,5% de los universitarios españoles asegura no haber recibido formación específica en comunicación oral y siete de cada diez personas reconocen sentirse inseguras al hablar ante otros. La buena noticia es que hablar en público puede entrenarse y un taller impartido por el actor y director Edy Asenjo y la periodista Sandra Bedia en la Fundación Santander Creativa promete dar las herramientas para conseguirlo.
Presentar un proyecto ante un cliente, defender una propuesta en una reunión, intervenir en un congreso o explicar los resultados del trimestre delante del equipo. Hablar en público ya no es una habilidad reservada a directivos, portavoces o profesionales de los medios. Forma parte del día a día de buena parte de los trabajadores y, sin embargo, la mayor parte de la población no ha recibido entrenamiento alguno.
Las cifras ayudan a dimensionar el problema. Una información publicada por Médicos y Pacientes, el portal de la Organización Médica Colegial, recoge la estimación de que alrededor del 75% de la población experimenta algún grado de ansiedad o nerviosismo al hablar en público, un fenómeno conocido como glosofobia. Entre sus manifestaciones aparecen la sudoración, las náuseas, el aumento del ritmo cardíaco o el temor a ser juzgado.
La inseguridad tiene además una traducción directa en el ámbito profesional. Comunicarse con claridad es necesario para negociar, persuadir, dirigir equipos, defender ideas o relacionarse con clientes y proveedores. La misma publicación apunta a que el miedo a hablar ante otros puede llegar a convertirse en un freno para el desarrollo profesional, especialmente en puestos donde la comunicación interna y externa ocupa un lugar importante.
Mucha exposición y poca formación
La paradoja es que la necesidad de comunicarse oralmente ha crecido más rápido que la formación disponible para hacerlo bien.
Un estudio del Observatorio Social de la Fundación «la Caixa», dirigido por Emma Rodero, catedrática de Psicología de los Medios y Neurocomunicación de la Universitat Pompeu Fabra, constató en 2024 que el 77,5% de los estudiantes universitarios españoles nunca había recibido formación en comunicación oral en ninguna etapa educativa. La investigación se realizó mediante una encuesta a 2.400 estudiantes de entre 18 y 25 años residentes en España.
La percepción de los propios jóvenes es reveladora: el 93% considera que esta formación debería ser obligatoria, por entender que se trata de una competencia relevante para su carrera y para su futuro profesional. Entre quienes sí habían recibido clases de oratoria, la dedicación acumulada durante toda su etapa educativa era de apenas seis horas de media.
Y la dificultad no es únicamente teórica. El 75% de los universitarios consultados afirmó haberse quedado alguna vez en blanco durante una presentación, el 52% había vivido una situación complicada o vergonzosa y un 19% aseguraba haberse quedado completamente sin voz. Los participantes situaban su nivel de ansiedad ante las exposiciones orales en un 4 sobre 7.
Estos datos dibujan una carencia que posteriormente llega a las empresas. Se espera que un profesional sepa explicar un proyecto, argumentar una decisión, captar la atención de una audiencia o desenvolverse ante una cámara, aunque muchas veces nunca haya recibido un entrenamiento específico para hacerlo.
Hablar bien no consiste en aprenderse un discurso
Una de las ideas que más se repite entre los especialistas en comunicación es que la práctica resulta determinante. Preparar el contenido, ensayarlo y conocer sus ideas principales permite ganar soltura, pero memorizar palabra por palabra puede terminar teniendo el efecto contrario: basta olvidar una frase para perder el hilo.
Por eso, las nuevas propuestas de formación tienden a alejarse de la oratoria entendida únicamente como técnica retórica. Trabajan también cuestiones como la gestión del miedo escénico, la voz, la postura, los gestos, la improvisación, el contacto visual o la capacidad de responder preguntas con claridad.
Son, precisamente, algunos de los aspectos que los universitarios del estudio de la Fundación «la Caixa» consideran esenciales en una presentación: dominar el miedo escénico, responder al público, ensayar el contenido, estructurar bien la información, improvisar, controlar la postura corporal o aprender a utilizar la voz y los gestos.
Del teatro y el periodismo a la comunicación profesional
En ese contexto surgen propuestas como el programa de entrenamiento en habilidades para hablar en público impulsado por Edy Asenjo y Sandra Bedia, que combina técnicas teatrales y periodísticas aplicadas a la comunicación.
Tras dos décadas formando a portavoces de empresas, de grupos políticos, ongs o profesionales científicos y técnicos, el actor y director y la experta en comunicación institucional han depurado el método. El resultado es cero teoría y 100% práctica y unas sesiones en las que cada participante es grabado realizando distintas intervenciones. El análisis en grupo de las grabaciones permite no tanto descubrir qué no funciona sino «qué hago bien», «qué me diferencia en positivo» y trabajar a partir de ahí con los «trucos» que utilizan los actores y la precisón de los periodistas.
La propuesta se desarrolla durante cuatro jornadas y doce horas de formación, con grupos de hasta veinte participantes.
El aprendizaje teatral aporta recursos relacionados con el cuerpo, la escena, la voz, el ritmo o la gestión de la atención. El periodismo, por su parte, ayuda a ordenar la información, identificar qué es realmente importante y transmitirlo de forma comprensible. La combinación busca que el profesional no solo tenga algo que decir, sino que consiga que su audiencia lo entienda y «compre» el mensaje.
Una competencia que también interesa a las empresas, profesionales, ong´s..
Durante años, las denominadas soft skills se contemplaron como un complemento de la formación técnica. Esa frontera resulta cada vez menos útil. Un profesional puede tener un profundo conocimiento de su área y, al mismo tiempo, encontrar dificultades para defender una propuesta, liderar una reunión o explicar de manera sencilla una cuestión compleja.
La comunicación oral afecta a tareas tan distintas como liderar personas, vender, negociar, participar en procesos de selección, impartir formación interna o representar a una compañía ante clientes y medios.
Por eso, el déficit formativo detectado entre los jóvenes no termina al abandonar la universidad. También abre un espacio para que las organizaciones incorporen el entrenamiento comunicativo a sus programas de desarrollo profesional.








