Influyentes Cantabria

La pantalla ha muerto: entrena tu comunicación presencial con Edy Asenjo

El director y productor cántabro ganador de un MAX, Edy Asenjo ofrece en la Cámara de Comercio de Cantabria los viernes 17 y 24 de septiembre y el uno de octubre un taller  de formación para hablar en público según el Método Jagger, la fórmula que bautizó cuando descubrió que el cantante de los Rolling Stones ensayaba con un coreógrafo su personalísimo modo de moverse en escena para no dejar de parecerse jamás a Mick Jagger. Solo tienes que inscribirte aqui y pasarás a formar parte de la nómina de profesionales y personalidades cuyas intervenciones desde el Congreso de los Diputados, en foros empresariales o en los medios  te han convencido porque sus habilidades han sido entrenadas mediante la más disruptivas, lúdicas y eficaces de las técnicas: la que te prepara para parecerte a ti mismo/a.

Hoy en Lo Mejor de Influyentes, Edy Asenjo da por inaugurado el retorno a la comunicación interpersonal.

La pantalla ha muerto. Nunca vivió, tal y como entendemos una vida plena, porque eso de hablar con una tele es cosa de locos y de mentirosos. Un teléfono es un medio de comunicación que predice o posterga un encuentro cara a cara. No podemos la suplir la experiencia de nuestro Smartphone por un paseo por el parque, ni la pantalla de retina de nuestro IMAC por una cena de negocios.

Somos lo que somos mucho antes de que los IPAD y los Zoom multi-grupo delatarán nuestras sórdidas paredes de gotelé. Confundir la herramienta con el uso y el autobús con el destino es de necios despistados.

Ahora toca decirnos las cosas a la cara. Y una conferencia a través de FB ó un streaming en Youtube no pone a prueba las supuestas habilidades de tal o cual conferenciante ni de este ó aquel gurú de las finanzas. Más bien es como la auto-edición de libros, un ejercicio de tele-onanismo con mucho ruido, saltos en la conexión y falsas impresiones. Tras la pandemia toca abrocharse el cinturón, apropiarse del espacio y dar la cara.

Este último año lo hemos hecho bien. O casi. Y no todos. Hemos sido rápidos. Hemos recolectado cosas de aquí y de allá y nos henos dado un ecosistema tecnológico acelerado por la perspicacia de unos cuantos desarrolladores y el olfato empresarial de Silicon Valley. Un ecosistema que ha evitado  que durante este infame encierro domiciliario regresemos a las hogueras en el salón de casa y los bajo-relieves bisontes en el cuarto de los niños.

Sin embargo esto no puede durar siempre, porque todo este entramado, reposa sobre frágiles cimientos del interlocutor incierto, la soledad de la habitación vacía y los monólogos sin interpelaciones a los que nos obligaba la todavía someramente desarrollada nueva tecnología. Todo lo que deja de lado lo esencial, lo estrictamente humano solo puede ser breve.

Y la comunicación presencial, plantarse delante de otros para transmitir una idea, poner a prueba tu cuerpo, tus prejuicios, tus miedos y tu falta o excesiva preparación, y hasta tus traumas adolescentes todavía abiertos, todos esos inconvenientes, es lo que da forma a nuestra condición humana.

La pantalla es un parapeto, una máscara, un filtro demasiado evidente como para pensar que podría reemplazar la pausa para el café o ese canapé de hojaldre cubierto de margarina. La tecnología no es defectuosa, no suda, no duda, no se corrige, no tropieza, no vuelve al principio para empezar de nuevo, no pide disculpas, no es arrogante, no hace un chiste cuando se va la luz, no es sumisa, no tiene una voz imponente ni gasta un susurro inaudible. La tecnología es el llavero del que cuelgan nuestras llaves pero que no abre las puertas.

No podemos negar la evidente repercusión de los youtubers más carismáticos, las presentaciones telemáticas de Luis Enrique, sus artes de feriante y sus sobres sorpresa, también sería estúpido negar que los plasmas de Mariano Rajoy tuvieron su momento y que las WWDC de Tim Cook en el Apple Park tienen a medio mundo colgado de un emoticono. Sin duda, todo esto ha llegado y lo ha hecho para quedarse. Pero no lo hará de una manera re-emplazadora, no lo hará para dar carpetazo y zanjar la experiencia de un buen orador ante un auditorio repleto y su arriesgado turno de preguntas. Estas son muletas que nos ayudarán a caminar y seguir haciéndolo cuando la pierna nos falle pero nada más.Hay recursos y habilidades que solo salen a flote cuando nos “enfrentamos” a otro ser humano que nos escucha o que nos cuestiona en la misma habitación, y para eso tenemos que estar preparados. El sentimiento de fragilidad, el vértigo ante la exposición, y el reto de conquista de un público que comparte nuestro mismo espacio físico es imposible de simular por muy sofisticado que sea el canal de comunicación que se nos brinde con la promesa de una experiencia interactiva única.

Existe un elemento que nada tienen que ver con un wifi 5G o o una calidad de imagen 4k. Este factor es la energía. Una energía de ida y vuelta que fluye desde el auditorio, grande o pequeño, hacia el orador, y que también lo hace en sentido contrario, y que perpetuará su recorrido, y tendrá una u otra intensidad, en tanto en cuanto la comunicación entre ambas variables, audiencia y ponente, tenga una mayor eficacia.

Existe un tercer elemento que las videoconferencias y los Zooms tampoco tienen en cuenta. Este elemento es el medio ambiente en el que tiene lugar ese flujo de energía. El espacio compartido cierra el triángulo de la comunicación, y en no pocas ocasiones resulta determinante para la comunión entre el hablador y los escuchantes. Este tercer factor no existe en las exposiciones telemáticas, en las que cada sujeto habita un espacio propio de confort, su domicilio, su despacho u otro espacio que le es familiar, evitando someterse a las tensiones de un espacio físico no propio y compartido por otros.

No nos debemos engañar, hablar en público no es hacer un streaming desde la habitación de los niños. Hablar en público es compartir la jaula de los leones en el que el domador eres tú. ¿Quedamos para contarnos cosas?

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