Influyentes Cantabria

Jaime Gutiérrez Bayo. CEO de BRUMA. Participación, base del éxito de planes y proyectos

Miles de personas en el mundo han tomado decisiones sobre proyectos que les afectan porque la firma de Jaime Gutiérrez Bayo ha articulado los procesos para que estas opiniones sean incorporadas. Desde hace casi dos décadas asesora en políticas públicas de medio ambiente como procesos de participación ciudadana, implantación de Agenda 21 Local. Su nombre y su empresa, BRUMA,  están detrás de proyectos locales, nacionales e internacionales para la dinamización urbana en ámbitos como el turismo, la innovación o el medio ambiente. Su experiencia detrás del Plan de Recuperación de la Bahía de San Francisco de Campeche en México, del Plan Estratégico de Santander 2020 o del proyecto Besaya Europa, le convierten en una de las voces a escuchar cuando se habla de participación como ingrediente para el éxito. Hoy,  en Lo Mejor de  Influyentes.

Hace tan solo algunos meses que, tras la publicación en una red social profesional de un artículo relativo a la participación ciudadana en procesos de planificación, una persona me respondió argumentando que “eso de la participación” era un adorno que no servía para nada. Es una posición con la que no puedo estar más en desacuerdo pero que me ha hecho reflexionar sobre si realmente estamos demostrando que contar con la opinión de la ciudadanía en la definición de políticas públicas redunda en el bien común.

La actual pérdida de confianza en la política debe ser resuelta promoviendo un contexto favorable para ir convirtiéndonos de habitantes a ciudadanos. Pasar de una ciudadanía pasiva que solo ejerce cada cuatro años (el habitante) a una predisposición por estar informados e implicarnos, en mayor o menor medida, en aquello que nos afecta.

Frente a un modelo en el que, para la elaboración de un plan, programa o proyecto, sea del ámbito que sea, tan solo intervenían políticos y expertos, se está imponiendo una forma más horizontal de llevar a cabo la gestión pública (y privada). Las ventajas de la planificación participativa son claras:

  • Se incorpora una mayor diversidad de visiones, sensibilidades e intereses.
  • La conflictividad en su tramitación se ve atenuada al favorecerse la deliberación y el intercambio de visiones distintas de manera previa.
  • La formulas de planificación participada ofrecen mejores condiciones para activar y aprovechar la creatividad de la ciudadanía.
  • Se promueve un sentimiento de corresponsabilidad hacia las políticas públicas

Sin embargo, la intensidad y alcance de los procesos participativos puede ser muy distinta como ya defendió la neoyorquina Sherry Arnstein en su popular artículo «Una escalera de Participación de Ciudadana» (1969). En ese trabajo, Arnstein definió 8 niveles o intensidades en la participación partiendo, directamente, de la “manipulación” hasta llegar a la cúspide, denominada “control ciudadano”. Ni tanto ni tan calvo. La variedad de herramientas, técnicas y oportunidades que pueden facilitar la labor al respecto es muy amplia y deben ser utilizadas de manera individualizada según la cuestión a abordar y los objetivos planteados.

La información veraz, fiel a las evidencias, alejada de las opiniones, y accesible en lenguaje y formato de manera que esté disponible para todas las personas, es el elemento indispensable en la receta. Más aún en un mundo cada vez más digitalizado.

La propia aplicación de la Agenda 2030 y de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), en la que nos jugamos nuestro futuro y el de nuestros hijos, exige de la participación ciudadana como ya han reconocido las administraciones y organizaciones de todos los niveles. Desde la ONU hasta los ayuntamientos pasando por los gobiernos nacionales y las ONGs.

Afortunadamente, los ejemplos de buenas prácticas en este campo son cada vez más frecuentes y cercanos siendo necesario que se comuniquen para generar un efecto demostrativo. Los encontramos en cualquier ámbito. Desde la planificación urbana hasta la protección de la naturaleza, de la actividad turística al desarrollo rural. Hoy es habitual encontrarnos con fórmulas como los presupuestos participativos, los foros ciudadanos o las sesiones de información sobre asuntos públicos en cualquier pueblo o ciudad. Incluso comienza a hablarse de modalidades muy novedosas para el contexto español, no tanto en otras latitudes, que ya se están materializando en experiencias como la que actualmente se está llevando a cabo en la comarca del Besaya. Un jurado ciudadano de 35 personas, elegido por sorteo, ha asumido la misión de emitir un informe de recomendaciones que recoja sus preferencias en la aplicación de fondos europeos para una transición ecológica justa en la comarca. Y lo harán con el apoyo de expertos que aseguren el acceso a un nivel mínimo de conocimientos e información, y con la garantía del seguimiento llevado a cabo por parte de un buen número de organizaciones entre las que se encuentran sindicatos, organizaciones empresariales, grupos ecologistas, ONGs de todo tipo y administraciones de todos los niveles.

Este tránsito entre la gestión vertical y la horizontal tiene que ver, evidentemente, con el concepto de gobernanza democrática que, según el filósofo Daniel Innerarity, “…surge precisamente como respuesta a la constatación del agotamiento de la jerarquía como principio ordenador de las sociedades” añadiendo que “otras estructuras en las que el estado no adopta el monopolio de la regulación, sino que actúa como uno más entre otros actores o mediante procedimientos participativos o federales pueden producir mejores efectos políticos tanto desde el punto de vista de la efectividad como de la legitimación de las decisiones colectivas”.

En definitiva, y volviendo al título de este artículo, los procesos participativos de calidad, que cuenten con recursos suficientes y con el apoyo técnico necesario, son una garantía para el éxito y la legitimidad de planes y proyectos, especialmente en el sector público.

 

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