El cántabro Alex Mirones cuestiona la obsesión por ser productivos: “No todo lo que mejora tu rendimiento mejora tu vida”

Durante más de veinte años, Alex Mirones ha trabajado con aquello que ahora se ha propuesto cuestionar. El cántabro, afincado desde hace años en Múnich, ha desarrollado su trayectoria profesional en grandes multinacionales y ha dirigido proyectos internacionales vinculados a la eficiencia, la transformación y la mejora continua. Conoce, por tanto, las ventajas de optimizar procesos, eliminar fricciones y hacer que las cosas funcionen mejor. Pero también ha empezado a observar qué sucede cuando esa misma lógica abandona la empresa y se instala, sin demasiados filtros, en el resto de la vida.

De esa contradicción nace EFIKAZES, un libro que se sitúa deliberadamente a contracorriente de buena parte de la literatura sobre productividad y desarrollo personal. Aquí no hay fórmulas para madrugar a las cinco, aprovechar cada minuto del día o convertirse en “la mejor versión de uno mismo” antes del desayuno. Mirones propone, en cambio, una pregunta bastante menos cómoda: qué ocurre cuando herramientas extraordinariamente útiles para mejorar un proceso empiezan a aplicarse también a las relaciones, el descanso, el ocio o incluso a la manera de decidir qué queremos.

El propio título resume el concepto. Un “efikaze”, mezcla de eficiente y kamikaze, es alguien capaz de optimizar tanto su existencia que termina estrellándose de la manera más eficiente posible. Desde ahí, el libro recorre algunas de las obsesiones contemporáneas: las mentiras del multitasking, el FOMO (miedo a perderse algo), la hiperplanificación, la necesidad de aprovechar cualquier tiempo muerto, la instrumentalización de las relaciones o esa particular industria de gurús digitales que parecen haber encontrado el secreto de la vida entre un post de LinkedIn y un webinar gratuito.

Lo hace, además, sin intención de convertirse en otro manual con una lista de consejos para transformar la vida. Con humor, sarcasmo y una buena dosis de irreverencia, EFIKAZES utiliza escenas reconocibles para cuestionar hábitos que hemos terminado normalizando. Porque el libro no plantea una enmienda a la eficiencia. Lo que pone en duda es algo distinto: que hayamos terminado convirtiéndola en un fin en sí mismo. Publicado en 2026, EFIKAZES está disponible en Amazon.

P.- Has pasado más de veinte años trabajando precisamente con eficiencia, optimización y mejora continua. ¿En qué momento empezaste a sospechar que una herramienta útil podía convertirse en una forma bastante absurda de vivir?

R.- No hubo una epifanía. No bajó un consultor de McKinsey de una nube con un PowerPoint para explicármelo. Fue más bien empezar a observar.

Vivo en Múnich, rodeado de industria. Si existe una meca de la eficiencia, probablemente sea esta. Y empecé a ver qué ocurre cuando herramientas fantásticas para el trabajo salen de la oficina sin ningún filtro: parejas organizando las tareas domésticas con Kanban, gente cocinando mientras escucha un podcast de productividad y contesta mensajes, agendas donde hasta descansar está planificado.

Desde pequeños nos enseñan muy bien a rendir, producir y resolver problemas, bastante menos a escuchar, empatizar, socializar o simplemente «estar».

La pandemia nos lo recordó de forma bastante bestia: podíamos ser tremendamente eficientes trabajando desde casa y estar hechos polvo. Resultó que no éramos unidades productivas con WiFi. Éramos seres humanos. Imagínate.

P.- El concepto “efikaze” es muy claro: alguien que optimiza tanto su vida que empieza a cargarse lo que le daba sentido. ¿Cuál fue tu primer comportamiento verdaderamente efikaze, ese que ahora miras y piensas: aquí ya se me estaba yendo la mano?

R.- Probablemente declarar la guerra a los «tiempos muertos».

Caminar escuchando un podcast sobre eficiencia, conducir con un audiolibro de autoayuda, esperar tres minutos y sacar automáticamente el móvil. Si quedaban cinco minutos libres había que rellenarlos, no fuese a ocurrir la tragedia de no hacer absolutamente nada.

Hasta que notas que el cerebro se recalienta. Porque necesitamos procesar información, no solamente ingerirla. Necesitamos divagar, aburrirnos, caminar sin auriculares.

Lo maravilloso es que ya hemos conseguido pervertir incluso eso: gente que planifica cuándo no hacer nada. “De 18:15 a 18:30, tiempo espontáneo”. Fantástico. Hemos optimizado hasta el aburrimiento.

P.- En el libro distingues entre hacer las cosas bien y hacer las cosas correctas. ¿Cuánto tiempo podemos pasar subiendo una escalera perfectamente antes de darnos cuenta de que está apoyada en la pared equivocada?

R.- Toda una vida.

Somos buenísimos subiendo escaleras: otro curso, otro ascenso, más dinero, más seguidores, otro título de LinkedIn con palabras como “holístico”, “visionario” o “business evangelist”.

Pero antes de subir quizá convendría mirar dónde demonios hemos colocado la escalera. Puedes pasarte veinte años subiendo perfectamente y descubrir arriba que estás en el lado equivocado del muro.

Ahí está la diferencia entre doing things right y doing the right things. Antes del cómo viene el porqué.

Y, sobre todo, no copiar objetivos ajenos. LinkedIn, Instagram o nuestro entorno nos dicen constantemente qué significa “triunfar”. Pero cada uno es responsable de construir su propia definición de éxito y decidir dónde coloca su escalera.

P.- Dices que muchas veces optimizar no es más que procrastinar “con estética premium”. ¿Cuándo deja la planificación de ayudarnos y empieza a convertirse en una excusa para no decidir o no actuar?

R.- Cuando organizar el trabajo sustituye al trabajo.

Podemos dedicar tres horas a encontrar la aplicación perfecta para gestionar una tarea de veinte minutos. Carpetas, etiquetas, colores, prioridades, un vídeo sobre productividad y, ya puestos, otro sobre cómo ver vídeos de productividad más eficientemente.

Planificar es necesario. Esperar a que todo sea perfecto, no.

Empieza. Haz algo imperfecto. Equivócate. Corrige. Aprende. Que la inspiración te pille trabajando.

Una acción imperfecta puede acabar convirtiéndose en algo bueno. El plan perfecto guardado en Notion sigue siendo exactamente eso: un plan guardado en Notion.

P.- Hay una idea especialmente incómoda en el libro: hemos empezado a tratar las relaciones como procesos y a las personas según lo que aportan. ¿Hasta qué punto el lenguaje empresarial ha colonizado nuestra vida personal sin que nos demos cuenta?

R.- Hasta el punto de hablar de personas como inversiones: “me aporta”, “ya no me aporta”, “contactos de valor”, “invertir tiempo”.

El problema empieza cuando dejamos de relacionarnos con alguien como un fin y lo convertimos en un medio para conseguir otra cosa.

Y quizá algunas de las cosas que más nos diferencian de una IA sean precisamente nuestras ineficiencias: espontaneidad, irracionalidad, cambiar de opinión, perder una tarde hablando con alguien sin ningún objetivo, hacer algo porque sí.

Si algún día calculamos el retorno de inversión de tomar una cerveza con un amigo, podemos dar por terminado el experimento.

P.- LinkedIn aparece como uno de los grandes escaparates de ese éxito perfectamente empaquetado. ¿Es una red profesional o una máquina muy eficaz para hacernos sentir que todo el mundo tiene la vida resuelta menos nosotros?

R.- Las dos cosas. LinkedIn es tremendamente útil y yo lo utilizo muchísimo. Pero también es un ecosistema fascinante.

Alguien pierde un avión y descubre cinco aprendizajes sobre liderazgo. Otro toma un café y extrae siete claves sobre resiliencia. Y luego está el clásico “humildemente emocionado de anunciar…”. Sabes que después de esas palabras viene algo que no tiene absolutamente nada de humilde.

El problema no es LinkedIn, sino olvidar que es un escaparate y compararlo con nuestra vida completa, con sus dudas, sus lunes y sus calcetines tirados por el suelo.

Y si alguien publica diariamente diez consejos sobre cómo alcanzar el éxito, quizá su principal éxito sea precisamente publicar diez consejos diarios sobre cómo alcanzar el éxito.

P.- Durante el día tenemos el cerebro saltando entre notificaciones, tareas y conversaciones a medias y, cuando por fin apagamos la luz, aparece de golpe la claridad para pensar, conectar y resolver. ¿Estamos dejando al cerebro sin espacio durante el día y obligándole a hacer por la noche el trabajo que no ha podido hacer antes?

R.- Estamos hiperestimulados. Notificación, correo, WhatsApp, vídeo, reunión, podcast, LinkedIn.

Cuando aparece un silencio sentimos la obligación de rellenarlo.

Y luego llega la noche, desaparecen los estímulos y el cerebro dice: “Perfecto, ahora que te has callado, tenemos unas cuarenta cosas que procesar”.

No hacer nada tiene además un grave problema: no vende. No consumes, no produces, no ves la serie que hay que ver ni trabajas en “tu mejor versión”.

Quizá deberíamos recuperar el derecho a perder el tiempo, aburrirnos, divagar y hacer cosas inútiles sin tener que extraer un aprendizaje de ellas.

P.- En el libro escribes una frase especialmente incómoda: “cada minuto que no estás mirando una pantalla es un minuto que no estás consumiendo nada”. ¿Hasta qué punto nuestra atención se ha convertido en un negocio y qué estamos perdiendo nosotros mientras otros compiten por capturarla?

R.- Hay una frase que lo resume bastante bien: si algo es gratis, probablemente el producto seas tú. O, más concretamente, tu atención.

Reed Hastings, entonces CEO de Netflix, llegó a decir que uno de sus grandes competidores era el sueño. Me parece una frase brutal: hasta dormir compite con nuestro tiempo de consumo.

Y mientras regalamos horas de atención, vamos perdiendo otras cosas: aburrimiento, conversación, arte, filosofía, lectura, pensamiento. Curiosamente muchas pertenecen a eso que llamamos “humanidades”. No creo que el nombre sea casual.

Quizá deberíamos preguntarnos qué queda de humano cuando no dejamos ni cinco minutos libres para serlo.

P.- Dices que “elegir es sacrificar”. Lo difícil muchas veces no es renunciar a lo malo, sino decir que no a cosas perfectamente buenas para dejar espacio a lo que realmente importa. ¿Tenemos un problema para aceptar que una vida elegida de verdad necesita renuncias explícitas?

R.- Queremos ser estrellas del rock y que nos tiren ropa interior al escenario. Lo que nos apetece bastante menos son los quince años anteriores ensayando, tocando en garitos de mala muerte y durmiendo en una furgoneta con otros cuatro tíos.

Queremos el resultado, pero no siempre el precio.

Todo lo que elegimos tiene un coste. Tiempo, esfuerzo, dinero, renuncias, frustración. La pregunta no es cómo evitar pagarlo, sino qué precio estamos dispuestos a pagar y qué nos compensa de verdad.

Elegir también significa sacrificar. La clave quizá sea elegir conscientemente qué sacrificios merecen la pena.

P.- Ahora que la inteligencia artificial y los algoritmos pueden decidir cada vez más cosas por nosotros, ¿qué decisiones no deberíamos delegar nunca, por muy eficiente que resulte hacerlo?

R.- Delegar automatismos a la IA me parece fantástico. Precisamente para eso está.

El problema empieza cuando no solo le preguntamos cómo hacer algo, sino qué deberíamos querer, qué nos debería gustar o incluso quién deberíamos ser.

Corremos el riesgo de delegar poco a poco el libre albedrío porque decidir cansa y un algoritmo siempre tiene una recomendación preparada.

Que la IA me ayude a llegar más rápido me parece estupendo. Pero preferiría seguir decidiendo yo adónde quiero ir.

P.- Después de todo un libro cuestionando métodos, consejos y fórmulas, terminas dando uno solo: cerrar el libro y hacer algo “maravillosamente irracional”. ¿Qué sería hoy una decisión maravillosamente irracional para Alex Mirones?

R.- Escribir EFIKAZES ya lo fue bastante. Nadie me lo pidió, no me gano la vida escribiendo y nació sin demasiadas pretensiones. Simplemente me apetecía hacerlo.

Pero también puede ser quedar con alguien sin fijar “para qué”, jugar con tus hijos y dejar que ellos decidan las reglas, o estrenar esa chaqueta que te encanta aunque esté lloviendo y sea una idea objetivamente estúpida.

Los niños son magníficos haciendo cosas por hacer. Luego llegamos los adultos y necesitamos que todo tenga un objetivo.

Quién sabe. Quizá la irracionalidad, la espontaneidad y nuestra maravillosa imprevisibilidad sean precisamente algunas de las cosas que nos hacen humanos.

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